Antonia Varela (Santa Cruz de Tenerife, 1965) se mueve entre la tierra del cielo, allá donde se dilucidan los grandes enigmas que han perseguido al ser humano a lo largo de los siglos. Inteligente y apasionada, esta astrofísica canaria acostumbrada a derribar techos de cristal lleva varios años al frente a la Fundación Starlight del Instituto de Astrofísica de Canarias, donde trabaja por conservar el patrimonio celeste y desde donde reivindica el potencial económico y cultural de los cielos para los territorios.
Optimista y tenaz pese a los muchos retos a los que nos enfrentamos actualmente, su biografía es un relato sobre la pasión y la vocación por la ciencia. Desde aquel verano en el monte de La Esperanza en el que quedó prendada por el cielo estrellado y una novela de Asimov, El universo, le enseñó que “que detrás de aquellos puntos brillantes había mucha física, mucha matemática, y un universo inmenso por explorar y comprender”. Receptora de la Medalla de Oro de Canarias, del premio a la Trayectoria Científica, de los galardones Más Mujer y Azul Zero e incluida en la lista de las 50+1 personas más influyentes del mundo en turismo, entre otros reconocimientos, sus líneas de investigación han abierto interesantes perspectivas en el ámbito científico internacional y sus trabajos se han publicado en títulos tan importantes como la prestigiosa revista Science. Conversamos con ella sobre su labor al frente de la institución que trabaja en los destinos StartLight, sobre los desafíos de la conservación celeste en proyectos como Abama Resort y sobre el papel de las mujeres en la ciencia.
Su carrera se divide entre la investigación y la divulgación, ¿se define más como una investigadora o como una profesora?
Tanto la investigación como la docencia han formado parte inseparable de mi carrera científica. Mis primeros pasos en la investigación llegaron gracias a dos becas de verano que me permitieron trabajar primero en el Real Observatorio de Greenwich y, poco después, en el recién inaugurado Instituto de Astrofísica de Canarias. Mi primer artículo científico lo publiqué durante la realización de mi tesis doctoral en astrofísica extragaláctica. Sin embargo, la docencia ha sido siempre una constante vital para mí, incluso antes de acceder a la universidad. Cuando aún era adolescente impartía clases particulares para tener cierta independencia económica, y continué haciéndolo durante mis estudios universitarios. Una de mis experiencias más entrañables fue en la Universidad de Mayores y Senior de la Universidad de La Laguna. Allí confirmé algo que siempre he sentido: si disfrutas enseñando, quienes aprenden también disfrutan contigo.
El rigor y la pasión son, para mí, ingredientes esenciales de una buena divulgación. En la Fundación Starlight sigo llevando ambos trajes. Por un lado, desarrollo investigación aplicada a la calidad del cielo y a la contaminación lumínica en territorios candidatos a certificaciones Starlight, realizando auditorías e informes técnicos. Por otro, continúo volcada en la docencia y la divulgación, que son fundamentales para profesionalizar y especializar un sector emergente como el astroturismo. Nunca he podido —ni querido— elegir entre ser investigadora o profesora: ambas facetas me definen y se enriquecen mutuamente.
Lleva al frente de la Fundación Starlight desde 2009, ¿cómo valora este tiempo en la organización?
La Fundación me permitió seguir mirando al cielo desde una perspectiva más amplia: comprender no solo su relevancia científica, sino también su enorme valor cultural, ambiental y su capacidad para generar desarrollo económico y social en las comunidades locales. Ese descubrimiento fue fundamental en mi trayectoria. La fundación ha pasado por dos grandes etapas. La primera, centrada en su constitución, el diseño de su sistema internacional de certificación y la creación de su programa formativo, bajo la dirección de su primer director Luis Martínez. La segunda, desde mi llegada a la dirección, marcada por la consolidación del sello Starlight, su internacionalización y el fortalecimiento de los lazos con las instituciones firmantes de la Declaración de La Palma.
En estos últimos años el crecimiento ha sido exponencial, tanto territorial como formativo, pero siempre abordado con mucha prudencia y humildad, asegurando que cada paso mantuviera el rigor científico y la calidad que exige nuestro sello. La demanda de certificaciones ha aumentado más de un 300%, hemos quintuplicado el número de cursos y la superficie protegida se ha ampliado en más de un 60%. Entre los hitos más relevantes destacaría la creación, en 2019, del primer grupo de turismo científico en astroturismo dentro de los Miembros Afiliados de UN Turismo, que ahora publicará la primera Guía de Astroturismo y casos de estudio. También ha sido muy importante que las certificaciones Starlight puntúen en los planes de sostenibilidad y recuperación del Gobierno de España, un reconocimiento que esperamos que otros países adopten.
Entonces, ¿puede el cielo ser una fuente de riqueza para las Islas Canarias?
Canarias cuenta con un cielo privilegiado para la observación astronómica, protegido por una de las leyes del cielo más estrictas del mundo. Gracias a ella, la isla de La Palma y la mitad de Tenerife que mira hacia La Palma disfrutan de unas condiciones excepcionales. Uno de los retos pendientes es ampliar esta protección a todo el archipiélago. Desde la Fundación Starlight trabajamos precisamente en esa línea, impulsando que los espacios certificados dispongan de ordenanzas municipales que regulen la iluminación y salvaguarden sus cielos y el patrimonio asociado.
El cielo canario es una fuente de riqueza en múltiples dimensiones. Además de su valor científico —con dos observatorios punteros a nivel mundial—, posee un enorme valor cultural, natural y turístico. Canarias se ha convertido en un auténtico laboratorio de astroturismo que inspira a otros territorios. Hoy contamos con más de 3.700 km² de territorio certificado Starlight, más de 10 Destinos Turísticos y Reservas Starlight. El astroturismo es un nicho emergente con un gran potencial transformador: aumenta la pernoctación, desestacionaliza y descentraliza la oferta turística y es un antídoto contra la despoblación, porque genera empleo y, sobre todo, emprendimiento de calidad. El astroturista suele tener un nivel cultural y económico medio-alto, una marcada sensibilidad ambiental y una gran curiosidad, aunque no sea experto en astronomía. Atrae a familias, parejas y viajeros solitarios...
¿Qué debe tener un lugar para tener la certificación Starlight?
La condición sine qua non para obtener cualquier certificación Starlight es la calidad del cielo, evaluada mediante parámetros muy precisos: bajo brillo de fondo —es decir, escasa o nula contaminación lumínica—, buena nitidez de imagen o seeing, alta transparencia atmosférica y un número elevado de noches despejadas. A esto se añaden más de 300 criterios astroturísticos, consensuados en la sede de UN Turismo en 2010, cuando se definió el concepto de Destino Turístico Starlight. Todas las certificaciones se conceden tras rigurosas auditorías externas, se revisan a los dos años y se renuevan cada cuatro; otras modalidades lo hacen anualmente. Un requisito imprescindible es la adhesión en pleno a la Declaración de La Palma por parte de todos los ayuntamientos implicados: el llamado Pacto de los Alcaldes. Hoy existen ya más de 100 espacios certificados Starlight en el mundo, que abarcan más de 150.000 km², junto a más de 150 acreditaciones complementarias y 1.300 adhesiones a la Declaración de La Palma. Para muchos territorios —en especial rurales o protegidos—, la certificación Starlight se ha convertido en una herramienta de identidad, diversificación económica y atracción de un turismo responsable.
¿Podría Abama Resort aspirar a ello?
Abama Resort posee todos los ingredientes para convertirse en un Resort Starlight. La sostenibilidad forma parte de su ADN y su filosofía ya integra la autenticidad, el respeto y la armonía con el entorno. Para avanzar hacia una certificación Starlight, las líneas de trabajo prioritarias serían el implantar un plan integral de iluminación responsable, adaptado a los criterios Starlight: luz cálida, controlada, dirigida y solo donde sea necesaria. También debería monitorear y mejorar la calidad del cielo nocturno, identificando puntos críticos y oportunidades de mejora. Es preciso integrar la protección del cielo en su estrategia ambiental, equiparándola al cuidado del agua, la energía o la biodiversidad. Tras esto, un destino debe formar al personal y a la comunidad residente en buenas prácticas lumínicas y en el valor del cielo como recurso natural, ambiental y turístico. Finalmente, se han de desarrollar experiencias de astroturismo coherentes con su identidad de resort sostenible y de bienestar.
¿Cómo ha visto cambiar la sensibilidad alrededor de los cielos en estos años de carrera?
La sensibilidad hacia la protección del cielo nocturno en Canarias ha experimentado una evolución extraordinaria a lo largo de estas décadas. La Ley del Cielo de 1988 fue un hito pionero que marcó el camino, pero lo verdaderamente relevante ha sido cómo la sociedad canaria ha madurado en torno a este valor. La presencia de los observatorios ha ayudado a que la ciudadanía comprenda la importancia de un cielo limpio, no solo para la ciencia, sino también para la identidad del territorio. Con el tiempo, se ha consolidado una sinergia muy sólida entre la comunidad científica y la sociedad. La Fundación Starlight ha contribuido de forma decisiva a construir este puente.
Asimismo, ha crecido la cooperación público-privada, con administraciones, empresas, alojamientos y colectivos ciudadanos que hoy trabajan con mayor conciencia y compromiso. Sin embargo, aún nos queda mucho por hacer, especialmente en el ámbito de la sensibilización de empresas y administraciones públicas, para que la protección del cielo se integre plenamente en sus planes, normativas y decisiones cotidianas. Aun así, el camino es claramente esperanzador. Canarias se ha convertido en un laboratorio de referencia para otros territorios que buscan modelos de protección y aprovechamiento sostenible del cielo nocturno. Ese liderazgo es fruto de décadas de trabajo y de una madurez social creciente, que reconoce el cielo como parte esencial de nuestro patrimonio y de nuestro futuro.
La contaminación lumínica es uno de los objetivos de la fundación y está entre sus líneas de investigación. ¿Cómo ha cambiado esta amenaza en los últimos tiempos?
La contaminación lumínica se ha convertido en una de las amenazas más crecientes para la astronomía, tanto profesional como amateur. Hoy, el 23 % de la superficie del planeta entre 75° Norte y 60° Sur está afectada por este problema, y esa superficie contaminada crece a un ritmo del 2 % anual, lo que significa que podría duplicarse en apenas 35 años. A esto se suma un dato alarmante: el 83 % de la población mundial vive bajo cielos contaminados. La situación es, en muchos sentidos, dramática. Además, a la luz artificial nocturna se han sumado en los últimos años nuevas amenazas que complican aún más el panorama: la basura espacial, las interferencias de radiofrecuencia que afectan a la radioastronomía y, especialmente, las megasconstelaciones de satélites de baja órbita, que generan trazas brillantes, aumentan la contaminación del cielo y afectan tanto en luz visible como en radiofrecuencias. La pérdida del cielo nocturno no es solo un problema para la astronomía, sino para la humanidad. Supone perder un patrimonio que nos ha acompañado desde el origen de nuestra especie, una fuente de conocimiento, de inspiración, de cultura y también de bienestar. Proteger el cielo es, en definitiva, proteger una parte esencial de lo que somos.
Ha recibido importantes reconocimientos internacionales, algo que aún es más valioso al tratarse de una mujer en un mundo tradicionalmente de hombres, ¿cree que eso está cambiando?
Valoro especialmente los reconocimientos porque no son solo distinciones personales: son altavoces, plataformas que permiten dar mayor visibilidad a la protección del cielo nocturno, a la ciencia y al astroturismo como herramientas de sostenibilidad, cultura y desarrollo. Durante mucho tiempo, la ciencia —y la astronomía en particular— fueron territorios prácticamente vedados para las mujeres. Basta recordar que, hasta comienzos del siglo pasado, en la mayoría de universidades las mujeres no tenían derecho a acceder a estudios superiores ni a instalaciones científicas. Muchas de las pioneras en astronomía trabajaron como asistentes de padres, maridos o hermanos astrónomos, sin reconocimiento profesional y en condiciones de gran precariedad. Afortunadamente, hoy la situación es distinta gracias a las mujeres que, desde principios del siglo XX, lucharon por derechos tan esenciales. Su esfuerzo abrió el camino para que muchas de nosotras estemos aquí.
Aun así, seguimos siendo menos de lo que deberíamos en las áreas STEM y en astrofísica. Y no es solo una cuestión de número: la ciencia necesita pluralidad y diversidad para afrontar los grandes desafíos globales —desde el cambio climático hasta los retos sanitarios— que afectan por igual a hombres y mujeres. Más mujeres en ciencia significa también más independencia económica, más oportunidades profesionales y, en definitiva, más igualdad. Pero persisten desigualdades estructurales. La conciliación sigue recayendo mayoritariamente en las mujeres: cerca del 85 % de los cuidados a menores y mayores lo asumen ellas, lo que provoca parcialidad laboral y menores prestaciones futuras. Por eso es tan importante seguir avanzando para que ninguna mujer se quede atrás por estereotipos, barreras sociales o falta de apoyo. A pesar de todo, soy optimista. Cada vez somos más las que nos incorporamos con pleno derecho a carreras científicas.
¿Qué le diría a las niñas que todavía hoy siguen pensando que las ciencias son algo complicado o demasiado frío?
Les diría, ante todo, que no se dejen frenar por los prejuicios. La ciencia no es fría ni distante: es fascinante, es la manera que tenemos de explicar por qué funciona todo lo que nos rodea, desde una estrella hasta nuestro propio cuerpo. Es cierto que no vamos a mentirles: no es sencillo. Requiere esfuerzo, estudio, constancia y muchas horas de trabajo. Pero precisamente por eso es tan apasionante: cada pequeño descubrimiento, cada pregunta respondida, compensa con creces el camino recorrido. La ciencia necesita de su curiosidad, de su sensibilidad y de su forma única de mirar el mundo. Y lo más importante: no queremos que ninguna niña se quede en el camino por pensar que “no es para ellas”. Lo es. Y las necesitamos.